A menudo juzgar el cine de Almodóvar es cuestión de extremos. A lo largo de su extensa filmografía el cineasta que nos ocupa ha dejado tan claras sus inquietudes e intereses, su manera de entender el cine y su apuesta por un determinado estilo tan reconocible como peculiar, que cada nueva muestra de su obra genera tantos fervientes adeptos, como aguerridos detractores. Salvo quizá cuando se depura y renunciando en parte a la astracanada y a sus tan celebrados como criticados 'tics' autorales, se marca obras que rozan lo 'clásico' (con perdón) como 'Volver', lo que no obstante no deja de provocar críticas, esta vez entre sus más fieles acólitos por conservadurismo y conformismo, por caer en eso tan poco de moda que viene a llamarse 'lo convencional'.
En 'La piel que habito' no hay duda de que Almodóvar apuesta por el riesgo. Podría decirse que puesto a recibir inevitables palos, el manchego elige que estos provengan de quienes lo tildan de excesivo; prefiere que a su cine algunos lo etiqueten como manierista o ridículo, a que otros lo tilden de 'rutinario'. Y lo cierto es que, incluso admitiendo que 'Volver' es una de sus obras más redondas, es de agradecer que en el estado actual de la producción cinematográfica -previsible, homogénea y conservadora hasta la náusea- alguien se atreva a caminar por el alambre, a ofrecer una película más o menos acertada, pero incontestablemente valiente, un puñetazo de cine libre de corsés y límites, una rareza de un atractivo no apto para todas las sensibilides.
En 'La piel que habito' no hay duda de que Almodóvar apuesta por el riesgo. Podría decirse que puesto a recibir inevitables palos, el manchego elige que estos provengan de quienes lo tildan de excesivo; prefiere que a su cine algunos lo etiqueten como manierista o ridículo, a que otros lo tilden de 'rutinario'. Y lo cierto es que, incluso admitiendo que 'Volver' es una de sus obras más redondas, es de agradecer que en el estado actual de la producción cinematográfica -previsible, homogénea y conservadora hasta la náusea- alguien se atreva a caminar por el alambre, a ofrecer una película más o menos acertada, pero incontestablemente valiente, un puñetazo de cine libre de corsés y límites, una rareza de un atractivo no apto para todas las sensibilides.